De la legalidad a la prohibición
Además, dada su proximidad a las zonas productoras marroquíes, en España también existía un conocimiento de sus efectos embriagantes superior al que podía haber en otros países. Lo curioso del caso es que, mientras los testimonios de viajeros españoles anteriores a 1860, lejos de contener valoraciones negativas, solían presentar los efectos del cannabis como placenteros y agradables; en cambio, a partir de la guerra de España contra Marruecos se sucedieron las informaciones sesgadas, estereotipadas, distorsionadas y completamente falsas, llegando a afirmarse que su abuso podía conducir a la locura y a la imbecilidad e incluso producir la muerte.
Por otra parte, el empleo de derivados cannábicos en la farmacopea, como agentes terapéuticos para un sinfín de síntomas y enfermedades está perfectamente documentado. Por ejemplo, en 1870 los Cigarrillos Grimault, elaborados en París a base de cáñamo indio, se recomendaban en la prensa de la época para combatir el asma, la rubefacción, el insomnio, la tos… Y en las postrimerías del XIX comenzó a destilarse en Albal (Valencia) el Licor Montecristo de Hachís, que se vendió sin ningún tipo de problemas como un eufórico tónico digestivo hasta bien entrado el siglo XX. Todavía durante la II República en las farmacias españolas, además de éstos y otros específicos –como tinturas, jarabes y callicidas fabricados con cannabis indica e importados desde EEUU–, se vendían tres genéricos: extracto graso, o sea, manteca de cannabis, extracto hidro-alcohólico y sumidades, es decir cogollos. La demanda de estos productos era tal que en 1933 el Servicio de Restricción de Estupefacientes tuvo que adquirir 100 kilos de cannabis indica destinados al mercado terapéutico-legal.
De hecho, la primera detención que se produjo en España en UU. Los detenidos eran un matrimonio que había trabajado en el mundo del espectáculo como dueto cómico, con el nombre de Los Imán, y a quienes se les ocuparon 825 gramos de marihuana que habían traído desde México a Barcelona.
Por lo demás, es cierto que los principales enemigos de la marihuana se encontraban en EEUU. En primer lugar, estaba el imperio de la industria petroquímica DuPont, que había inventado el nylon –en 1935– así como otras fibras plásticas, y para el cual el cáñamo representaba un obstáculo insalvable para su expansión; en segundo lugar, el periodista, editor, publicista, empresario, inversor, político y magnate de los medios de comunicación William R. Hearst, que emergió como uno de los más poderosos personajes de la escena política y empresarial estadounidense, y cuyos intereses también chocaban frontalmente con la oferta de cáñamo legal; y, por último, Harry J. Anslinger, que fue director de la Oficina Federal de Narcóticos (FBN) desde su creación en 1930 hasta 1962, y cuyo odio por la población afroamericana en general y por el jazz en particular era proverbial.
De tal manera, la prohibición de la marihuana en EEUU estuvo precedida por una intensa campaña de prensa en su contra y también por la comercialización de películas del género conocido como exploitation fiction, tipo Marihuana (1935), Reefer Madness (1936), Assassin of Youth (1937)… Así, cuando se prohibió la marihuana en 1937, se calculaba que en EEUU la fumaban unas 60.000 personas, muchas de ellas inmigrantes de origen mexicano y también otras muchas de raza negra. Los resultados de la prohibición no se hicieron esperar. Así, en 1945, según el prestigioso semanario Newsweek, eran ya más de 100.000 las personas que fumaban marihuana en EEUU.
Bien es cierto que durante la II Guerra Mundial se produjo una situación paradójica, pues en plena cruzada contra la yerba la Administración estadounidense se vio obligada a recurrir de nuevo a los frutos del cáñamo proscrito para hacer frente a determinadas necesidades bélicas. Así, en 1942 se rodó y proyectó el conocido documental oficial de propaganda titulado Hemp for Victory. Sin embargo, ese mismo año, también se estrenó la película Devil’s Harvest (The Smoke of Hell), que incidía en los mismos tópicos de los filmes de ficción de explotación mencionados anteriormente.
La situación en los años 40 y 50
En España, donde no existían tensiones con minorías raciales como en EEUU, la situación era otra bien distinta. El hábito de fumar kif y grifa había sido importado y extendido en gran medida por el ejército sublevado en África que había constituido la columna vertebral del bando que finalmente resultó victorioso en la guerra civil (1936-1939). Por un lado, era tolerado, lo cual no quiere decir que estuviera bien visto. Por ejemplo, el escritor y psiquiatra L. Martín Santos –natural de Larache– consideraba las veleidades cannábicas como una “toxicomanía de países subdesarrollados”; el también escritor R. Sánchez Ferlosio constataba que aquellos que habían adquirido la costumbre de fumar kif por haber hecho el servicio militar en Marruecos eran designados despectivamente “moránganos”; el diario ABC calificaba a la grifa como una “especie de estupefaciente para pobres”; el también psiquiatra E. González Duro reconocía que estaba consideraba como “una despreciable droga de moros, sólo apta para pobres y para gentes de mal vivir”; el reportero J. Camarero la definía como una “minidroga un tanto plebeya”…
Con todo, durante la década de los 50 su empleo ya estaba muy extendido, no solo entre la soldadesca africanista o ex africanista y entre sujetos marginales, sino también entre individuos socialmente integrados… A título ilustrativo podemos destacar que en 1952 se descubrió un fumadero de grifa en Málaga y un año después otro en Sevilla; en 1954 se intervinieron varias plantaciones clandestinas: dos en Alcalá de Guadaira (Sevilla), de 150 y 45 plantas respectivamente, y otra en Vega del Tajo (Toledo), de unas 11.000 plantas; en 1955 se descubrió un fumadero en Barcelona y otro en Madrid; y al año siguiente otros dos fumaderos: uno más en Madrid y otro en Esplugues de Llobregat (Barcelona).
La década prodigiosa
La ingenua convicción de que las drogas, el sexo y la música podían transformar el mundo se extendió entre gran parte de la juventud occidental. El alcohol era la droga que representaba a la sociedad adulta, la droga a combatir, de modo que el hachís y la marihuana fueron enarbolados como estandartes de la contracultura.
Si bien Psychedelic Review empezó a publicarse en California en el verano de 1963, podemos considerar que el movimiento antiprohibicionista surgió algunos años más tarde en Londres.
Un porro humeante en primer plano, entre los dedos de alguien que estaba a punto de llevárselo a la boca, copó la portada de Life el 31 de octubre de 1969. El único titular que exhibía la influyente revista estaba dedicado a la marijuana. Tras anunciar que al menos 12 millones de personas la habían probado en EEUU, dejaba caer dos preguntas: ¿Está penalizada demasiado severamente? ¿Debe ser legalizada? Así, no es de extrañar que en 1970 buena parte de la prensa española (Blanco y Negro, Pueblo, Gaceta Ilustrada, etc.) se hiciera eco de estos primeros planteamientos antiprohibicionistas, mientras las autoridades gubernativas descubrían con horror que se había producido un salto cualitativo en el espectro sociológico de los consumidores de grifa, cuyo empleo de había extendido entre niños mal de familias bien, incluso entre universitarios.
Los años 70
Para muchos cultivadores, 1976 fue el año del descubrimiento, el año que empezaron a producir marihuana de verdad, toda vez que hasta entonces había consumidor que ni siquiera discriminaba entre plantas macho y hembras.
Ese mismo año, dos de esos primeros cultivadores de élite, Mel Frank y Ed Rosenthal, publicaron la primera guía para el cultivo de marihuana de gran calidad, tanto en interior como en exterior. Y como consecuencia inmediata empezó la celebración –durante las primeras ediciones en la más estricta clandestinidad– de un Festival Anual de Cultivadores, es decir, del primer concurso de marihuanas.
De alguna manera, la revolución californiana y holandesa de la yerba tuvo eco en España después de la muerte de Franco. Para empezar, entre 1977 y 1978 se publicaron tres libros fundamentales para el posterior desarrollo de una auténtica cultura cannábica: El Club del Haschisch, de P. Heining (ed.), El libro de la Yerba, de G. Andrews y S. Vinkenoog (eds.) y el Manual para el cultivo de la marihuana, de Frank y Rosenthal. Además, la revista libertaria Ajoblanco dedicó un número extraordinario a la marihuana que tuvo una gran difusión. En 1979 salió a la luz una publicación llamada Globo, que se presentaba abiertamente como una “revista psiquedélica” y contenía mucha información sobre el hachís y la marihuana, y en la Universidad de Deusto se celebró el primer San Canuto del que tenemos noticias, con gran escándalo por parte de las autoridades académicas y de una buena parte de los medios de comunicación.
Antiprohibición y asociacionismo cannábico en España
En mayo de 1987 se constituyó en Madrid la Asociación de Consumidores de Derivados del Cannabis (ACDC). Se trataba de tomarle la delantera al alcalde de Toledo, que en noviembre de 1988 publicó un bando estableciendo multas de hasta 15.000 pesetas, con el fin de sancionar “el consumo de drogas en cualquiera de sus modalidades o presentación, en todas las vías y lugares públicos de la ciudad”. A los pocos días era el alcalde de El Ferrol el que adoptaba la misma medida.
A destacar también el hecho de que en las elecciones legislativas del 29 de octubre de 1989 concurrió una candidatura antiprohibicionista, Grupo de Radicales en Madrid (GRM), integrada por un variopinto abanico de intelectuales y personajes del mundo del periodismo, el arte, la cultura y el espectáculo, que obtuvo poco más de 3.330 votos, equivalentes al 0,02%.
La entrada en vigor de la Ley sobre Protección ciudadana, más conocida como ley Corcuera, en febrero de 1992 determinó que las asociaciones a semejanza de la ARSEC proliferaran en todo el Estado, dando lugar a una especie de asociacionismo “cultural” que tuvo sus momentos cumbre en la presentación de la campaña “¡Me planto!” y en las cosechas recolectadas por la asociación Kalamudia sin que lo impidieran las autoridades, y se materializó en la aparición de numerosas publicaciones y la celebración de infinidad de jornadas informativas y reivindicativas, sin desdeñar el carácter lúdico-festivo (conciertos de música, concursos de muestras de cannabis, fumadas colectivas, etcétera). La culminación de esta etapa vino con la creación de la Federación de Asociaciones Cannábicas (FAC), con la integración del movimiento en la Coalición Europea por Políticas de Drogas Justas y Eficaces (ENCOD) y otras iniciativas internacionales. Sin embargo, el experimento de una plantación legal para el consumo personal de los asociados que ensayó la ARSEC finalmente fracasó al no contar con el beneplácito de la fiscalía y la judicatura del Tribunal Supremo.
Un futuro esperanzador
¡A lo mejor, esta es la buena!
Juan Carlos Usó Arnal
(Nules, Castellón, 1959) es Licenciado en Geografía e Historia (sección Historia Contemporánea) por la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Valencia y Doctor en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Ha sido profesor de “Sociología de la delincuencia”, asociado al Departamento de Sociología de la Universidad “Jaume I” de Castellón (curso académico 1996/1997) y profesor de “Prevenció en els mitjans de comunicació”, del Curs de Postgrau Màster en Drogodepedències, organizado por la Divisió de Ciències de la Salut del Departament de Psiquiatria i Psicobiologia Clínica de la Universitat de Barcelona (promociones de 1999, 2001, 2003, 2005, 2007 y 2009). Es autor de los libros Drogas y cultura de masas (España 1855-1995) , Spanish trip (La aventura psiquedélica en España) y Pildoras de realidad.